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8 Enero 2011

35 mujeres.YOLANDA.

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Autor: RICARDO GARIBAY

Yolanda acaba de cumplir cincuenta años. Has­ta hace ocho era “un pedazo de carne con ojos”. Alimentada en la orilla de las mujeres, estudió hasta secundaria, aprendió labores domésticas en un “instituto para damas”, y se casó. Marido norteño, feliz con la esclava al lado. Yolanda leía novelas de bajísima calidad, y el marido, que no miraba bien que Yolanda participara en nada de nada, le decía:

-Tú opina, cielo, no te quedes callada. Tú que has leído tanto.

-Ay pues cómo te dijera... -despertaba Yolanda. Así de momento no...

-Porque ¡ella ha leído tanto...! -decía él, satisfecho de la intervención de Yolanda. Yolan­da debía sentarse junto a él, casi incrustándosele en el costado; y mientras alguien hablaba, ella debía atender al incesante susurro del marido, que le decía que se fijara en que aquel señor, de hecho, pensaba como él y estaba diciendo lo que él decía, lo que él tantas veces le había dicho, aunque con palabras innecesariamente rebusca­das, que advirtiera con eso que nada le faltaba, que todo lo tenía en casa. Yolanda acababa ex­hausta, sin haber entendido ni una coma en la reunión y con la oreja saturada de los monóto­nos argumentos del macho.

Pero llegó la profesora, mujer enteramente libre, trotamundos diplomada acá y allá, femi­nista, y abrió talleres literarios. Como moda so­cial de gustos superiores, se atiborraron los talle­res. Asistía Yolanda con puntualidad.

-¿Literatura? Es un buen pasatiempo pa­ra señoras -dijo el marido.

Dirigida por la profesora, urgente y voraz, Yolanda leía y leía. Preguntó, con terror primero, y poco a poco sin embozo, sobre el cielo y el infier­no. No se atrevía a escribir de su intimidad, pero discutía con las mujeres del taller, reconocía que había perdido años y años. Maldecía esos años, mascaba un vivo disgusto de sí, se alejaba sin disi­mulo de su hombre.

Y un día dijo:

-Ya. Voy a vender lo que sea, siento que es lo único a mi alcance.

Tiene tres hijas de más de veinte años, y las hizo a un lado.

-Desde hoy me olvidan -les dijo.

Se inscribió en cursos de ventas y conta­bilidades. Comenzó a trabajar friláns. Andaba en calles y oficinas el día entero. Nadie le pagaba un centavo. El marido festejaba con mucha risa esos “ensayos infantiles de Yolanda”.

-¡Tan linda y esforzada la huerca! -decía. Imagínese que trabajara de veras, dónde iría yo a parar.

Y comenzó a llegar el éxito. Y el marido se dolió. Entró en violencias. No había manera de desandar lo andado. Él había dado su venia, le ha­bía animado, y ella inexplicablemente había per­dido sus viejos miedos, ya nada podría detener­la. Entró él en etapas de borracheras diarias. Nada. Luego, en etapas de hoscos silencios y ascetismos. Nada. Aparecieron rosarios de lamen­taciones por la soledad que sufría, por el aban­dono en que lo tenía su esposa. Nada. Buscó y buscó hacerla flaquear, devolverla al redil donde ella pastaba y dormía. Le aumentó el dinero se­manal. Le compró trapos. La llevó a playas y a restoranes de lujo. Nada.

Sorda y muda ante los lamentos, los rega­los, el alcohol y las amenazas, incansable, Yolan­da se inauguraba como persona, no se cambiaba por nadie. Se inscribió en cursos ordenados para recibir la licenciatura en las cosas que hacía. Comenzó a ganar dinero de veras, distinciones y premios. Fundó su propia empresa. El marido entró en un sarampión misticón, de donde no ha de salir, según parece; vive como eremita cami­no de los cielos.

Yolanda ha sido siempre detestada por su madre, hoy de ochenta años, y fue querida por su padre, del que llevaba ya todos los negocios. Absolutamente sola y rodeada por su espesa fa­milia de hijas, marido, hermanos, cuñadas, pri­mas y qué sé yo -nadie hace nada, todo cae sobre Yolanda- muere el anciano, y ella se en­frenta a la terrible anciana. Medio siglo de ren­cores de arriba abajo, en un despeñadero que nadie esperaba. Desde su nacimiento, de cuanto le ha sucedido a la vieja tiene la culpa Yolanda. Y con memoria minuciosa repasa tropiezos y calamidades.

-¡Y tú metiste la mano en eso!

-Pero si entonces tenía yo diez años -di­ce Yolanda.

-¡Ah! ¿Miento? ¡Enredas los tiempos y dices que miento! ¡Tú metiste la mano! Eso allá, y acá, acá qué ¿no me engañaste? ¿No mandaste que me encerraran para no ir al entierro de mi esposo, mi esposo, no me encerraste?

-Mamá, no te encerré, ni mandé que te encerraran, el médico dijo, evitar eso de la des­pedida, tu corazón, mamá...

-La clásica y desgarrada despedida -di­ce Yolanda a la profesora-, tan esperada como obra de teatro, tan sagrada y tan insoportable.

Manda a su madre a Nayarit, con las vie­jísimas hermanas y con un sobrino, sacerdote joven, que la mantendrá metida en oraciones. Y se dispone a descansar un poco y a retomar sus tareas. Ya las hijas no están y el marido improvi­sa viajes, uno tras otro. Yolanda tiene la extensa casa para sí, el silencio y las horas.

Y no puede trabajar. Un tosco sentimiento de algo imperdonable la zarandea. Se cita con la profesora. Con tirabuzón se va sacando las pala­bras. La interrumpe el llanto muchas veces.

-Es algo horrible, que no sé qué es, como si de un momento a otro fuera a cometer... ¡Qué clase de monstruo soy!

Mueve la cabeza, negando vehemente­mente, y se abate.

-Bueno -dice la profesora-, no entien­do mucho de esto pero me suena a que si hay angustia hay culpa y si hay culpa hay una emo­ción o un sentimiento muy hostil hacia alguien, y aquí ese alguien es tu madre. Acéptalo. Será la manera de comenzar a resolver el problema. Tu madre te detesta, tú la detestas, y no es de ahora; ocupaste su lugar desde hace mucho tiempo; la borraste de la agonía y de la muerte de tu padre; la has asesinado muchas veces. Acéptalo.

Yolanda cree en lo que le dice la profeso­ra, se repone, recae, se levanta, recae de nuevo, no le cree. Adelgaza como una espina. Junta toda su rabia y dice:

-No creo en las palabras. Mañana voy a salir. Empezaré allá donde empecé. Voy a ven­der de puerta en puerta. Va a ser duro, y ojalá lo sea como no me imaginó. Ojalá me maltrate la vida, que me maltrate bien, a fondo, que yo mis­ma diga ¡no es posible!, para quitarme toda esta sarna de adentro que me tiene peor que el gusa­no que yo era hasta antes de despertar.

 

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