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LOS AMO
Amo a los tartamudos porque yo soy uno de ellos y, ya sabe, hay que ser solidarios con el gremio. Porque me gusta repetir palabras bonitas. Porque mi problema me ha permitido conocer a homeópatas, hipnólogos, psicólogos, musicólogos, masajistas, acupunturistas, logopedas y demás familia de “remediólogos”. Porque me pasé varios meses metiéndome todos los días a oscuras en una especie de caja de madera porque decían que eso iba a ayudar a mi respiración y ahora me parece muy chistoso. Porque me río de mi mismo hasta en las conversaciones por teléfono: “oye, se te escucha entrecortado”, dicen a veces los amigos cuando hay mala cobertura; “es que soy tartamudo, hijo de puta”, les contesto. Porque he hecho correr el rumor de que los tartamudos somos multiorgásmicos y me divierto mucho con las reacciones –y no seré yo quien lo corrobore o lo desmienta–. Porque gracias a mi tartamudeo he podido descubrir que mi lengua es muy traviesa, lo que a efectos prácticos tiene muchas utilidades. Porque en el mundo de los “mal hablados”, claro está, el “tartaja” es el rey.
Amo a los tartamudos porque generalmente no tartamudean cuando cantan, lo que para muchos es como hacer magia –la explicación científica está en que para cantar se usa un hemisferio del cerebro diferente que para hablar–. Amo a aquellos tartamudos que se han hecho fuertes con su problema –usando la tartamudez como catapulta y no como ancla–. Amo la tartamudez porque la crónica apenas se da en las mujeres –por lo menos, quién sabe por qué, alguien salvo a las féminas de semejante estigma–. Amo a los tartamudos porque son como esas excepciones que confirman la regla –y eso les hace únicos de alguna manera–. Amo a los tartamudos que han decidido ser actores, cantantes, periodistas… o cualquier otra profesión que les mantenga en un contacto permanente con el público y la gente de a pie. Los amo porque suelen saber escuchar mejor que el resto. Pero también amo a los que no se callan y se defienden cuando les insultan, cuando les faltan al respeto o cuando no les dan ni voz ni voto.
Amo a aquellos tartamudos que no tienen vergüenza y a los que son un poquito sinvergüenzas –yo me identifico más con estos últimos–. Los amo porque no han hecho de su tartamudez una burbuja, sino que la han transformado en una forma diferente de comunicarse con el mundo. Porque son tartamudos con honra, y es que un tartamudo sin honra es como un rey sin cetro ni espada. Amo a los tartamudos porque no hay dos tartamudos iguales, así como no hay dos tartamudeces parecidas –cada tartamudez es un misterio en sí misma–. Porque han aprendido a apreciar el valor de cada sílaba y para ellos cada palabra es como una vida. Porque cuando tienen que pronunciar me recuerdan mucho a Jesucristo –pasión, muerte y resurrección–. Porque leen en silencio más rápido que en voz alta –¡Qué viva la lectura con silenciador!–. Porque suelen poseer un sexto sentido para leer entre líneas en el corazón de las personas. Por-por-que sin tar-tar-tamudez quizá no se-sería el mismo.
LOS ODIO
Odio a los tartamudos como yo porque se nos repite hasta la sopa. Odios a aquellos que buscan dar pena para sentirse mejor con ellos mismos. Odio a los tartamudos porque, según las últimas investigaciones, segregamos una sustancia de nuestro cuerpo en demasía, y ése es uno de los orígenes de nuestro problema –es decir, estamos como dopados todo el día–. Los odio porque son nerviosos por naturaleza. Odio la tartamudez cuando, por ella, me cofunden con un gringo –¡Carajo!, que soy tartamudo y no extranjero, y a mucha honra–. Odio a los tartamudos que se sumergen en sus silencios y no son capaces de dar la contra cuando no están de acuerdo con algo. Odio a los tartamudos porque cuando comenzamos a hablar tenemos la esperanza siempre de hacerlo de corrido –ubiquémonos, muchachos–. Los odio cuando me pongo a conversar con otros tartamudos, porque ellos son mi espejo y, de alguna manera, mi alter ego. Y es que realmente no soporto escuchar a otro tartamudo –con los ciegos yo sé que no pasa lo mismo, pero es que ellos no tienen que verse–.
Odio ser tartamudo cuando me cuelgan el teléfono sólo por eso –pero, pese a todo, jodo y jodo hasta que me contestan e incluso soy capaz de putearle al que está al otro lado de la línea–. Cuando se me hinchan las venas del cuello, comienzo a sudar y ni así salen las palabras. Cuando creen que me faltan neuronas o que pienso con la misma falta de fluidez con la que hablo. Cuando me entrevistan para alguna radio. Cuando tardo más en pedir la comida que los meseros en servírmela. Cuando, por unos segundos, me convierto en el centro de atención de todo el mundo, hasta que todo el mundo se olvida de mí. Cuando mi lengua se pone insoportable. Cuando me miran igual que a un mono de feria. Cuando me convierto en monosílabo. Cuando comparo la tartamudez con el sexo –respiración entrecortada, jadeos y descanso luego del esfuerzo–, que podrían ser lo mismo, pero no lo son –ya quisiera yo tener un orgamos tras pronunciar cada palabra–. Cuando prefiero el martirio de la escritura que el placer de una buena charla. Cuando tengo que repetir tres veces la dirección al taxi.
Odio la tartamudez cuando doy la impresión a mi interlocutor de ser un retrasado mental y cuando el que me escucha está “pidiendo la hora”, como los aficionados al árbitro en un campo de fútbol. Odio la tartamudez porque es una falacia eso de que, como el buen vino, el tartamudo mejora con los años –al menos, no en los casos de tartamudez crónica, donde priman los altibajos–. Porque los médicos no han sido capaces hasta ahora de dar con un remedio eficaz y universal contra ella. Porque algunos te hablan más alto pensando que además de tartamudo eres sordo –si es que hay gente para todo en la viña del Señor–. Porque la tartamudez es una cruz y, como pasa con todas las cruces, hay que cargarla. Porque me ha cerrado algunas puertas profesionales –jamás me imaginaría, por ejemplo, como locutor de radio–. Porque estoy tan acostumbrado a ella que he llegado a amarla, y es que, para masoquista, uno.
( Autor: Álex Ayala Ugarte)







Esto me parece tan timo como la pulsera esa que produce descargas magnéticas para dejar de fumar.
Y eso que esa se vende en farmacias y todo.
John Paul Larkin (El Monte, California, 13 de marzo de 1942 - Los Ángeles, 3 de diciembre de 1999), más conocido como Scatman John, fue un famoso cantante de scat que inventó una fusión única entre el scat y la música disco. Su canción "Scatman (Ski-Ba-Bop-Ba-Dop-Bop)" (1994) fue un éxito a nivel mundial. Como a él le gustaba decir, su carrera hacia el éxito fue un proceso de "convertir mi mayor problema en mi mayor cualidad", pues Scatman John era tartamudo.
Recibió 14 discos de oro y 18 de platino por sus álbumes y sencillos. Asimismo, recibió el premio Annie Glenn por su servicio a la comunidad de tartamudos y fue incluido en el Salón de la Fama de la National Stuttering Association.
Un abrazo Ramsés
Tere Marin
Si, lo sé, y conozco la canción, sonó todo un verano, se escuchaba por todos los sitios.
Pero ¿y el aparatito ese de marras?.
Hola Ramsés...
Mira está basado en esto:
"El sujeto debe aprender un método para poder relajarse cuando se ponga nervioso, especialmente en aquellas situaciones en las que es más fácil que tartamudee. 2. Entrenamiento con metrónomo (Brady, 1968, 1969, 1971, 1977) Permite dotar al tartamudo de un ritmo al hablar, haciendo coincidir sus sílabas, palabras o frases con el golpeteo regular de un aparato (metrónomo). El tratamiento consta de varias etapas: 1.1. Se le demuestra al sujeto que puede hablar sin tartamudear (lo cual acontece en el mismo momento en que empieza a emplear el metrónomo). 1.2. Se incrementa la tasa de habla usando el metrónomo de forma gradual, según una jerarquía de ansiedad. 1.3. Una vez conseguida un habla normal, se desvanece progresivamente el uso del metrónomo. Señalemos la existencia de metrónomos electrónicos con audífono, que pueden ser usados en el entrenamiento bajo cualquier condición. También se hallan en el mercado metrónomos de pulsera que emiten impulsos visuales y auditivos (fáciles de hallar en tiendas de música). Un riesgo inherente a cualquier tratamiento de la disfemia es que el niño elimine las repeticiones mientras está con el terapeuta, pero que reincida una vez vuelva a su medio normal. De ahí la necesidad de entrenar el método en condiciones lo más normales posible, y la utilidad de los artilugios de pulsera que antes comentábamos. 3. Enmascaradores de voz Son aparatos que impiden al sujeto oír su propia voz, con lo que desaparece uno de los feed-back más importantes en el mantenimiento de la ansiedad. Se usan "retrasadores" de la audición (ej. Phonic-mirror) u otros medios más sofisticados (por ejemplo: instrumentos que emiten ultrasonidos en el momento que el sujeto empieza a hablar, con lo que es nula la audición, incluso de la voz propia). Consiste en enviar un ruido a los oídos del disfémico mientras habla, de modo que n escuche su propia voz, el paciente dejará de prestar atención a su propia habla, mantendrá un volumen normal, se reducirá progresivamente la intensidad del ruido. 4. Técnicas de intención paradójica (Ericsson y Franknl, 1973) Las técnicas de intención paradójica fueron descritas primariamente para el tratamiento de pacientes disfémicos. Su eficacia puede llegar a ser impresionante ("disfémicos de toda la vida pasan en breves minutos a ser oradores públicos" en palabras de Erikson). Las técnicas consisten en obligar al sujeto a reducir la ansiedad de anticipación, instruyéndole antes de iniciar cualquier conversación, al disfémico clónico se le instruye a efectuar una retención tónica; al disfémico tónico se le ordena repetir clónicamente la primera sílaba de su alocución. Con ello, el síntoma (tartamudeo) pasa a formar parte de las instrucciones a seguir, y la ansiedad por temor a tartamudear, se convierte en "ansiedad por si no soy capaz de tartamudear como me han dicho". Como cargas de distinto signo, ambas se anulan. Por otra parte, al comenzar con una demostración de tartamudeo, ya no tiene nada que ocultar. Sin embargo hoy en día no se utiliza con la finalidad de eliminar el tartamudeo sino para que el sujeto conozca el problema de una forma mucho más objetiva y de esta forma la controle más. 5. Ayuda psicofarmacológica En aquellos casos en que la ansiedad de anticipación es muy relevante, vale la pena considerar el empleo de algún ansiolítico. 6. Audición retardada Se realiza mediante un aparato que retrasa la audición del habla del paciente en sus oídos, esto en algunos casos provoca que sin que el paciente haga ningún esfuerzo, consiga reducir su tasa de tartamudez. El tiempo de retraso auditivo será entre 50 y 100 milisegundos, reduciéndolo progresivamente, hasta llegar a cero, en donde ya podremos prescindir del aparato. "(la fuente en cedesna.com).
Pero vamos que yo no cobro royalties por ponerlo aquí...si no que lo he leido y me parece que tiene base.En fín , como se suele decir:mire , compare y piense lo que le parezca mejor.
Un abrazo Ramsés y gracias por tus comentarios que como dice el arbolito de la derecha, de eso se nutre el blogg.
Tere Marín
YO es que "piqué" en la pulsera anti tabaco y........60 € desperdiciados.
Por cierto, ¿y no se ha probado nada con la hipnopsis?, actualmente se usa para muchas cosas.
Pues la verdad no tengo idea...
caray 60 eurillos con la pulsera antitabaco?¿y que hacía?
si el enganche(físico y psicológico) con el tabaco está en la nicotina ¿en qué te ayudaba la pulsera?
Porque la pulsera de la distemia tiene su explicación pero cual le dan a la del desenganche del tabaco?
Saludos desde Argentina
Tere Marin
Lleva una pila magnética que emite no se que ondas y se supone que esas ondas quitan el "mono". Está basado en la acupuntura, según dicen las instrucciones, aunque no notas nada. Es como un reloj y cada vez que tienes ganas de fumar, tienes que dar un botón que manda esas ondas electromagnéticas como si te clavaran una aguja de las de acumputura.
En eso se supone que se basa.
Pero no da resultado, para nada, y lo curioso es eso, que solo se vende en farmacias, luego está autorizado por las autoridades sanitarias.
Claro...se supone que vendiendo en farmacias hay seriedad....
Dicen que la nicotina es de las más duras drogas que crean dependencia...
en fin todos tenemos "algún enganche", lo bueno es que en algún momento se nos enciende la lamparita y empezamos a ordenar la salud.Ya veras como tú también lo consigues .
Saludo afectuoso,este fin de semana te haré una visita a tu pirámide.
Tere Marin
De momento, y por causa de la tan cacareada crisis que tenemos encima, un cambio si que he hecho, fumo tabaco de liar jajajajajajajaja.
Si, si, resulta que una bolsita de 25 gramos de tabaco de liar (según la marca claro) me cuesta 1 € y me da para cinco o seis dias, mientras que la cajetilla mas barata vale 2,30 €, así que....no hace falta echar muchas cuentas, el ahorro es veraz.
Lovely night.
Hola a todos:
Soy el autor del pps tartamudez y ritmosensor. Tambien el inventor del ritmosensor.
Si alguien se ha tomado esto como la purga de Benito.. pues se ha equivocado...tampoco es un timo, un fraude o un engañabobos. Sin embargo cada uno tiene derecho a pensar lo que quiera.
No es marketing. Si alguien está interesado en recibir mas informacion puede escribir a ritmosensor@hotmail.com
Alberto Amaro
Lugo (españa)