Quien bien te quiere te hará llorar y otras grandes mentiras de la historia.



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Estaba delante de mi, las muletas apoyadas en el sillón, una muñeca vendada y las lágrimas paseándose por sus mejillas sin que ella les hiciera caso, como si fuese algo natural, como pestañear. Apenas me miraba a los ojos mientras desmenuzaba recuerdos. De pronto susurró: "estoy enamorada, le quiero". Han pasado diez años, no recuerdo su nombre, pero no he podido olvidar su cara. Era una mujer muy menuda, bajita, morena de piel y cabello. Apenas se movía, y sin embargo, permanecer un rato a su lado hacía que te sintieras nerviosa. Sus ojos estaban hundidos, remarcados por un contorno azulado. Tristeza en estado puro. Hacía poco más de un mes que aquella mujer sin aliento de vida había llegado al centro de acogida para mujeres maltratadas de la Federación de Asociaciones de Mujeres Divorciadas y Separadas. Su presidenta, Ana María Pérez del Campo, me había dicho: "los maridos españoles matan más que ETA". Yo me enfrentaba a mi primer reportaje sobre violencia doméstica. Era un tema que me preocupaba y no acababa de entender. Veía cómo morían mujeres ante la impasibilidad de todo el mundo. Apenas se reseñaban en la prensa, como mucho en las páginas de sucesos. No había estudios, no había datos, no había explicaciones. parecían muertes normales. Comprobé la frase de Ana María. Era verdad. En España morían, mueren, decenas de mujeres a manos de sus maridos, compañeros, novios o amantes sin que se considere un problema de Estado. Comencé a trabajar el reportaje y cada día era peor. Cuando salí por primera vez del centro de acogida llevaba el estómago revuelto. Tantas veces crucé la puerta de aquella casa, cuantas más dudas tenía. Aquella mujer, aún coja por la última paliza de su marido y que se movía por el centro apoyándose en sus muletas, con temor, sin asomarse siquiera a la puerta, con ojos huidizos, marcada en todo el cuerpo, ¿cómo me podía decir que estaba enamorada? Cuando terminé el reportaje sólo una idea me daba vueltas en la cabeza: nos habían engañado. La Historia, la que se escribe con mayúsculas y también la que se escribe con minúsculas, se había tejido para robarnos la dignidad. El ideal de amor romántico y la institución familiar loada por la Iglesia católica y el Estado nos estaban matando. Han sido siglos de organización del mundo basándose en una pareja formada por un hombre que trabaja, gana dinero, disfruta del ocio y tiene vida pública junto a una mujer que trabaja en la casa familiar, no es propietaria de bienes, dedica su vida al cuidado de su marido y sus hijos, no tiene apenas ocio y no participa en la vida pública. Tantos siglos encerradas, despreciadas, minusvaloradas son como un ancla que nos impide vivir en libertad aún cuando las mujeres participemos desde hace décadas en el trabajo retribuido, no tengamos hijos, disfrutemos del ocio y comencemos abrirnos espacios en la vida pública. La autoridad masculina y el reparto del poder están enraizados y apenas son cuestionados. La incorporación de las mujeres a los puestos de responsabilidad se está realizando con las mismas reglas del juego. Las estructuras permanecen inalterables. Miles, millones de mujeres tenían, tienen, destruida su autoestima por parejas que les recuerdan todos los días cuál es su sitio: "tu que sabrás". Millones de mujeres tenemos maltrecha la autoestima como colectivo, por una sociedad que cuestiona lo incuestionable: los derechos humanos de todos los seres humanos, hombres y mujeres. Este libro nace de aquella mirada de tristeza, del trabajo de diez años buscando respuestas a aquel "estoy enamorada". El resultado es el testimonio de las mujeres silenciadas, maltratadas por sus parejas y por una sociedad que ni siquiera escucha sus opiniones y análisis. Junto a sus palabras, algunas reflexiones que quisiera ayudaran a desmontar las mentiras, a desenmascarar a los cómplices que sustentan la violencia contra las mujeres. En las últimas páginas aparece una recopilación de recursos que pueden paliar las situaciones más dramáticas. A lo largo del libro en cada frase, quiero depositar todo mi cariño hacia esas mujeres a las que sin ninguna razón les están robando, les han robado la vida, estén vivas o enterradas, y todo mi desprecio hacia quienes se consideran propietarios de la dignidad de otros seres humanos.
"Íbamos a ser reinas"
Mentiras y complicidades que sustentan
la violencia contra las mujeresAutora:
Nuria Varela
Colección Crónica Actual (Ediciones B)
Fuente:NODO 50








Looduslik dijo
muy bueno
29 Junio 2010 | 04:09 AM