La mujer es superior.
Hago saber que mi postura ante la cuestión es una de las nombradas en el artículo:
resalto la igualdad de derechos, a la vez
que la diferencia entre hombres y mujeres
A partir de ahora lo que lean viene de la mano de B. de la Cuadra.
La afirmación de que la mujer es superior
-superior al hombre, debe entenderse-, con la que
titulo este artículo, quiere ser la constatación
de una realidad que sirva de acicate para avanzar
sin complejos hacia la progresiva equiparación de
derechos y oportunidades de las dos versiones del
ser humano que conviven en el mundo y en España.
Muchas mujeres a las que he consultado creen más
relevante que apostar por la superioridad de la
mujer, resaltar la igualdad de derechos, a la vez
que la diferencia entre hombres y mujeres. Alguna
me ha invitado a que, puestos a comparar,
escribiera sobre la inferioridad del hombre.
No pretendo plantear una especie de
discriminación positiva en la valoración
antropológica de la mujer, ni contestar al largo
periodo de discriminación negativa padecida por
el 50% de la especie humana, desde la imbecilitas
mulieris esgrimida por la Ley de Partidas, para
justificar la prevalencia del varón en la
sucesión nobiliaria, hasta la injustificable
postergación profesional y salarial de la mujer
de hoy. Ahí están las cifras horripilantes de la
violencia de género, punta del iceberg de la
tradicional consideración de la mujer como ser
inferior, a partir de la indudable superioridad
física de la fuerza bruta del macho.
Insisto en que -con independencia de quién es
superior- el progreso democrático debe conducir a
la equiparación jurídica plena de mujeres y
hombres. Pero, con la antropóloga Carmen
Gregorio, creo que no se debe seguir dando como
buena "una desigualdad estructural", en buena
medida fundamentada, segÚn ella, en "las
creencias más arraigadas acerca de la inferioridad de las mujeres".
Tales creencias fueron incentivadas por las
principales cabezas del siglo XIX -Hegel,
Schopenhauer, Kierkegard, Nietzsche-, como
explica la catedrática de Ética Amelia Valcárcel,
que dedica varios capítulos de su libro La
política de las mujeres a lo que denomina "la misoginia romántica".
Para Hegel el sexo marcaba el destino de hombres
y mujeres, en el primer caso hacia el Estado y en
el segundo hacia la familia, sin que nadie
pudiera contradecir esos designios prefijados.
Schopenhauer, con mayor brillantez, añadió esta
observación: el sexo masculino encarna el
espíritu, y el sexo femenino, la naturaleza, cuya
característica fundamental es la continuidad. De
ahí que Schopenhauer contemplara lo femenino como
"una estrategia de la naturaleza para
reproducirse", de modo que "la naturaleza quiere
que las mujeres busquen constantemente a un varón
que cargue legalmente con ellas".
La asignación a la mujer de funciones
subordinadas al varón, sin evaluar su
capacitación para las tareas asumidas por el
hombre, chocó con las corrientes feministas de
finales del siglo XIX, que condujeron, como
analiza la catedrática de Sociología Julia
Varela, "a una nueva redefinición de los sexos, a
una nueva querella de las mujeres, (...) en buena
medida vinculada a los problemas que plantea la
salida de las mujeres burguesas del hogar para
defender su paso a la esfera pÚblica, así como a
la existencia de los movimientos de las
sufragistas y de las nuevas corrientes morales
que critican la familia tradicional y afirman el
derecho al placer" (El descubrimiento del "mundo
interior", nÚmero 161 de Claves de Razón Práctica, abril de 2006).
Es ya en pleno siglo XX, tras la obtención del
voto femenino, cuando, de la mano de la
revolución sexual y de lemas como "abolición del
patriarcado" y "lo personal es político", las
mujeres van saliendo del agujero en el que
permanecieron durante siglos. Emerge a la opinión
pÚblica la lucha por la igualdad y la atrayente
sociedad paritaria, todavía como utopía lejana.
Pero mientras la mayoría de las mujeres
continuaban desterradas en la vida familiar, sin
acceso a la vida pÚblica (recuérdese: mujer
pÚblica = prostituta), era imposible evaluar la
cualificación de las mujeres para esos otros
ámbitos de la vida humana reservados a los
hombres. Es con ocasión del progresivo y masivo
acceso de las mujeres al mundo profesional y
académico cuando la comparación con el hombre -en
un terreno comÚn- se va haciendo posible.
En España, las mujeres, por debajo todavía de la
media europea, alcanzan mejores calificaciones
que los hombres en la Universidad, segÚn datos
del reciente informe de la Comisión Europea,
corroborados por el Ministerio de Educación
español: con una población universitaria femenina
ligeramente superior a la masculina (13,9% de
mujeres y 13,2% de hombres), de los alumnos que
aprobaron selectividad en 2005, el 58,1% eran
mujeres, y el 41,9% restante, hombres, proporción
prácticamente idéntica (58% frente a 42%) en lo
que se refiere a los graduados universitarios en
el curso 2004-2005. A estos datos sobre la
superioridad de la mujer en el ámbito docente hay
que sumar los relativos a su superioridad
sanitaria o vital: una esperanza de vida al nacer
de 83 años para las mujeres y 76,3 para los hombres.
La superioridad de la mujer sobre el hombre se
deduce de esos y otros datos objetivos y de la
siguiente apreciación: la progresiva presencia de
mujeres en cargos o profesiones tradicionalmente
reservados a los hombres -incluidos los de máxima
cualificación o responsabilidad- no ha originado,
en términos generales, descalabro o conflicto
alguno, y más bien ha significado una mejora en
el funcionamiento de las actividades -políticas,
empresariales, sociales- ocupadas por mujeres.
Igualmente, la moderada emigración masculina a
ocupaciones tradicionales de la mujer, peor
pagadas y menos valoradas socialmente, está
siendo un éxito, todavía silencioso, que
probablemente se incrementará con la aplicación
sostenida de políticas paritarias de conciliación
de la vida profesional y familiar.
La constatación -en términos modestos todavía- de
que la mujer es superior al hombre contrasta con
la realidad actual de que está -continÚa estando-
muy por debajo de los hombres. Concretamente, en
las grandes empresas privadas europeas los
puestos de dirección están ocupados en un 90% por
hombres. El resto del 10% de mujeres europeas
altas ejecutivas se reduce en España a la mitad:
el 5%, frente a un !95%! de directivos empresariales varones.
La todavía escasa presencia femenina en los
centros de decisión políticos y económicos,
teniendo en cuenta la capacitación de las
mujeres, requiere que, desde los poderes
pÚblicos, en aplicación del artículo 9.2 de
nuestra Constitución, se remuevan los obstáculos
y se promuevan "las condiciones para que la
libertad y la igualdad (...) sean reales y
efectivas". El Gobierno de José Luis Rodríguez
Zapatero parece tenerlo claro, pero es necesario
que no se deje presionar, especialmente por la
resistencia activa de los dirigentes empresariales.
Por lo demás, asumir que la mujer es, en este
momento histórico, superior al hombre,
contribuirá a evitar que algunas de las mujeres
que accedan a cargos de responsabilidad o de
poder se crean en la obligación, para ejercerlos,
de asumir el talante y estilo masculino, como si
no hubiera otro con nivel superior.
Fuente del texto








Maru dijo
Wow, el tema que tocas ha estado en mi cabeza con mucha fuerza ultimamente.
Es difícil entrar al cuento comparativo de género definiendo mejores o peores. Es como un defecto de la visión pro masculina actual de la sociedad.
A mi lo que me preocupa mucho es que en la actualidad se respira un aire de "igualdad de género", o "derechos de la mujer" muy dentro de la sociedad. Lo que es una real mentira. Pero no darse cuenta de ello es lo peor.
Quedé con una lectura ligera de tu texto. Quizás mañana pase de nuevo.
Saludos
Maru
11 Agosto 2008 | 05:50 AM