Autor: RICARDO GARIBAY
Yolanda acaba de cumplir cincuenta años. Hasta hace ocho era “un pedazo de carne con ojos”. Alimentada en la orilla de las mujeres, estudió hasta secundaria, aprendió labores domésticas en un “instituto para damas”, y se casó. Marido norteño, feliz con la esclava al lado. Yolanda leía novelas de bajísima calidad, y el marido, que no miraba bien que Yolanda participara en nada de nada, le decía:
-Tú opina, cielo, no te quedes callada. Tú que has leído tanto.
-Ay pues cómo te dijera... -despertaba Yolanda. Así de momento no...
-Porque ¡ella ha leído tanto...! -decía él, satisfecho de la intervención de Yolanda. Yolanda debía sentarse junto a él, casi incrustándosele en el costado; y mientras alguien hablaba, ella debía atender al incesante susurro del marido, que le decía que se fijara en que aquel señor, de hecho, pensaba como él y estaba diciendo lo que él decía, lo que él tantas veces le había dicho, aunque con palabras innecesariamente rebuscadas, que advirtiera con eso que nada le faltaba, que todo lo tenía en casa. Yolanda acababa exhausta, sin haber entendido ni una coma en la reunión y con la oreja saturada de los monótonos argumentos del macho.
Pero llegó la profesora, mujer enteramente libre, trotamundos diplomada acá y allá, feminista, y abrió talleres literarios. Como moda social de gustos superiores, se atiborraron los talleres. Asistía Yolanda con puntualidad.
-¿Literatura? Es un buen pasatiempo para señoras -dijo el marido.
Dirigida por la profesora, urgente y voraz, Yolanda leía y leía. Preguntó, con terror primero, y poco a poco sin embozo, sobre el cielo y el infierno. No se atrevía a escribir de su intimidad, pero discutía con las mujeres del taller, reconocía que había perdido años y años. Maldecía esos años, mascaba un vivo disgusto de sí, se alejaba sin disimulo de su hombre.
Y un día dijo:
-Ya. Voy a vender lo que sea, siento que es lo único a mi alcance.
Tiene tres hijas de más de veinte años, y las hizo a un lado.
-Desde hoy me olvidan -les dijo.
Se inscribió en cursos de ventas y contabilidades. Comenzó a trabajar friláns. Andaba en calles y oficinas el día entero. Nadie le pagaba un centavo. El marido festejaba con mucha risa esos “ensayos infantiles de Yolanda”.
-¡Tan linda y esforzada la huerca! -decía. Imagínese que trabajara de veras, dónde iría yo a parar.
Y comenzó a llegar el éxito. Y el marido se dolió. Entró en violencias. No había manera de desandar lo andado. Él había dado su venia, le había animado, y ella inexplicablemente había perdido sus viejos miedos, ya nada podría detenerla. Entró él en etapas de borracheras diarias. Nada. Luego, en etapas de hoscos silencios y ascetismos. Nada. Aparecieron rosarios de lamentaciones por la soledad que sufría, por el abandono en que lo tenía su esposa. Nada. Buscó y buscó hacerla flaquear, devolverla al redil donde ella pastaba y dormía. Le aumentó el dinero semanal. Le compró trapos. La llevó a playas y a restoranes de lujo. Nada.
Sorda y muda ante los lamentos, los regalos, el alcohol y las amenazas, incansable, Yolanda se inauguraba como persona, no se cambiaba por nadie. Se inscribió en cursos ordenados para recibir la licenciatura en las cosas que hacía. Comenzó a ganar dinero de veras, distinciones y premios. Fundó su propia empresa. El marido entró en un sarampión misticón, de donde no ha de salir, según parece; vive como eremita camino de los cielos.
Yolanda ha sido siempre detestada por su madre, hoy de ochenta años, y fue querida por su padre, del que llevaba ya todos los negocios. Absolutamente sola y rodeada por su espesa familia de hijas, marido, hermanos, cuñadas, primas y qué sé yo -nadie hace nada, todo cae sobre Yolanda- muere el anciano, y ella se enfrenta a la terrible anciana. Medio siglo de rencores de arriba abajo, en un despeñadero que nadie esperaba. Desde su nacimiento, de cuanto le ha sucedido a la vieja tiene la culpa Yolanda. Y con memoria minuciosa repasa tropiezos y calamidades.
-¡Y tú metiste la mano en eso!
-Pero si entonces tenía yo diez años -dice Yolanda.
-¡Ah! ¿Miento? ¡Enredas los tiempos y dices que miento! ¡Tú metiste la mano! Eso allá, y acá, acá qué ¿no me engañaste? ¿No mandaste que me encerraran para no ir al entierro de mi esposo, mi esposo, no me encerraste?
-Mamá, no te encerré, ni mandé que te encerraran, el médico dijo, evitar eso de la despedida, tu corazón, mamá...
-La clásica y desgarrada despedida -dice Yolanda a la profesora-, tan esperada como obra de teatro, tan sagrada y tan insoportable.
Manda a su madre a Nayarit, con las viejísimas hermanas y con un sobrino, sacerdote joven, que la mantendrá metida en oraciones. Y se dispone a descansar un poco y a retomar sus tareas. Ya las hijas no están y el marido improvisa viajes, uno tras otro. Yolanda tiene la extensa casa para sí, el silencio y las horas.
Y no puede trabajar. Un tosco sentimiento de algo imperdonable la zarandea. Se cita con la profesora. Con tirabuzón se va sacando las palabras. La interrumpe el llanto muchas veces.
-Es algo horrible, que no sé qué es, como si de un momento a otro fuera a cometer... ¡Qué clase de monstruo soy!
Mueve la cabeza, negando vehementemente, y se abate.
-Bueno -dice la profesora-, no entiendo mucho de esto pero me suena a que si hay angustia hay culpa y si hay culpa hay una emoción o un sentimiento muy hostil hacia alguien, y aquí ese alguien es tu madre. Acéptalo. Será la manera de comenzar a resolver el problema. Tu madre te detesta, tú la detestas, y no es de ahora; ocupaste su lugar desde hace mucho tiempo; la borraste de la agonía y de la muerte de tu padre; la has asesinado muchas veces. Acéptalo.
Yolanda cree en lo que le dice la profesora, se repone, recae, se levanta, recae de nuevo, no le cree. Adelgaza como una espina. Junta toda su rabia y dice:
-No creo en las palabras. Mañana voy a salir. Empezaré allá donde empecé. Voy a vender de puerta en puerta. Va a ser duro, y ojalá lo sea como no me imaginó. Ojalá me maltrate la vida, que me maltrate bien, a fondo, que yo misma diga ¡no es posible!, para quitarme toda esta sarna de adentro que me tiene peor que el gusano que yo era hasta antes de despertar.








